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A los 13 años una vez, un amiguito de la familia, me tocó sin mi consentimiento en una pijamada. Me despertaron sus dedos en mi vulva. Me hice la dormida. Nunca hablé de eso con nadie. Pensé que olvidarlo sería lo mejor para todos, pero a mí nunca se me olvidó.

A los 15 una vez, de camino a la prepa, un hombre que pasaba a mi lado me metió la mano entre las piernas y apretó fuerte. Luego siguió caminando. Me quedé paralizada, eran las seis de la mañana y estaba cruzando un paso a desnivel con la novela que estaba leyendo bajo el brazo. Estaba oscuro. Cuando pude dar unos pasos grité para mí misma, bajito: “pendejo”.

A los 18 un tipo me obligó a tener sexo con él en mi propio cuarto. Hubo una fiesta y nos habíamos besado pero en el último momento él comenzó a portarse violento, rompió varios objetos de vidrio que se hicieron añicos en el piso, me golpeó y me quiso penetrar por atrás mientras yo le suplicaba llorando que no. Cuando terminó masturbándose con mi cuerpo, me obligó a dormir abrazada a su su asqueroso torso sudoroso y a su panza llena de semen. Cuando le dije al día siguiente a mi mejor amiga que “creía” que me habían violado, me dijo que era mi culpa por haberlo metido a mi cuarto que tenía que ser cuidadosa. Me costó años poder volver a articularlo.

A los 22 mi pareja, el amor de mi vida como le decía, me golpeó. Muchas veces. Me jalaba del cabello y me daba bofetadas en la cara hasta que dejaba de sentirla. Quería controlar cada aspecto de mi vida: mi ropa, mis amigos, cuánto me tardaba en una entrevista, eran motivos para que se enojara y a la mañana siguiente culpaba al alcohol o a mí por sacarlo de sus casillas. Yo le creía.

Me daba rabia que me golpeara, soñaba con defenderme, con golpearlo de noche, pero nunca podía, siempre eran más grande el miedo y la culpa. La última vez, me despertó en medio de la madrugada para decirme que era una puta. Me arrastró del cabello de la cama al baño y me escupió mientras repetía “puta”, “puta”. Me aturdió. Pensé: si me quedo quieta se va a detener.

Me fui de su casa y terminamos después de años de violencia pero nunca lo denuncié. Me convencí de que él estaba enfermo y que no tenía yo por qué arruinarle la vida.

A los 24 un vato, al final de una fiesta cuando ya todos dormían, me despertó acariciándome las piernas. Me quité de inmediato y comenzó a gritarme y a jalonearme, preguntándome por qué lo rechazaba, cuando le dije que se tranquilizara levantó y me dijo que fuera con él a su cuarto.

Le dije que no pero lo intentó, quería que fuera, pensó seguramente que ya solos, en su mugroso cuarto, iba yo a cambiar de idea, me jaloneó hasta dejarme marcas en los brazos e intentó besarme varias veces hasta que se cansó —hice peso muerto y no podía levantarme— y me llamó “puta” y se fue azotando puertas. En ese momento se me cerró el mundo.

Cuando amaneció al día siguiente después de bañarme, ya no tenía miedo: estaba llena de rabia. Llena de todos esos años que sentí que no podía safarme de eso, que no importa la edad que tenga, los hombres que quieran aprovecharse de mí van a poder hacerlo sin ninguna consecuencia. Y a mis primas y a mi madre y a mis amigas y a mis hijas y a las hijas de mis hijas.

Putísima madre. ¿QUÉ NO ENTIENDES QUE NO, CARAJO? ¡Este cuerpo no- es-tuyo y no puedes disponer de él como se te de tu puta gana! Pendejo. Pendejo. Mil veces pendejo.

Estaba llena de rabia y sabía que si iba a denunciarlo no pasaría nada. Pensé todo. Pensé en matarlo con mis propias manos, perseguirlo, cazarlo y acorralarlo como acorrala él a las morras, porque no fui yo la única a la que se lo hizo, y asfixiarlo. O hacerle un daño permanente, que llore su familia, desfigurarlo hasta que no lo reconocieran.

Pero no. Lo denuncié públicamente, primero en mis redes cercanas y luego durante la campaña #MeTooPeriodistas en México, y la mala del cuento fui yo: pusieron mi palabra en duda, me acusaron de querer arruinarle la carrera. Él mismo me amedrentó con denunciarme por “difamación”.

Ninguna de las veces que un hombre me atacó, tuve pruebas suficientes para acusarlos, pero todas y cada una de ellas me marcaron para siempre. Nunca seré la misma. Nunca estaré de todo a salvo otra vez. Nunca sabré cómo amar, sentir, coger, disfrutar, sin ese miedo y asco.

Por supuesto que estoy llena de rabia. Hay días en que quiero cortarles la verga a todos. En que fantaseo que les tatúo en la frente PENDEJO o VIOLADOR. Cuando veo vatos golpeando a sus novias en la calle, o manoseando a las niñas en la calle, hasta cuando los veo chiflándonos, diciendo: este espacio no es tuyo, tú estás aquí para que yo te vea y te apruebe y si quiero te violo, te mato y te descuartizo. Yo mando.

Cuando externo esta sensación, esta sed de venganza, mi familia, especialmente mi madre, me dice que no, que el odio no se arregla con odio. Pero en general, también, como ya pasó y como fueron hombres y como yo soy mujer y algo hice para provocarlo, como lo estoy contando, qué fácil es pedirme que respire, que me calme, o, la peor: que sea inteligente, o que actúe con serenidad. Que me calme y me duerma y en la mañana sabré mejor que hacer.

Puta madre. No.

Estoy enojadísima. Tengo derecho a estarlo. Lo tienen derecho todas las mujeres que han pasado por eso y van a pasar por eso al menos una vez en sus vidas, muchas de ellas ni la cuentan. Imagina la rabia de tener 14 años y que cuatro policías te violen. ¿Qué le vas a hacer a un policía?

Y ustedes nos piden que “así no”, que “respetemos”, que pidamos las cosas por favor o en las instancias correspondientes. Si nadie nos escucha, si nadie nos da derecho a la digna rabia.

A la mierda, tienen razón: es una provocación… a que dejen de chingarnos de una buena vez.

Escribo. Soy periodista, feminista, millenial y, sobre todo, lectora.

Escribo. Soy periodista, feminista, millenial y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl