Sobre desayunos

La primera vez que viví sola, aunque renté en un pequeño departamento de un solo cuarto y una cocina tan pequeña que más bien parecía un pasillo, el espacio me aterrorizaba.

Sentía que me dominaba, que cada que caminaba por las madrugadas se convertía en una trampa, un territorio desconocido donde no sabía sino tropezar.

Sobre todo la cocina.

Creo que es una herencia de la familia: mi abuela y mi madre detestan cocinar. Lo detestan porque se les ha relegado a ese espacio sin que nadie se los pregunte. Dentro de todo, ellas son buenas cocineras: yo soy un desastre.

Gracias a la providencia que nadie depende de mi destreza culinaria o ya habría envenenado a un par de cristianos.

Puedo nombrar varios episodios para que me crean: tengo una cicatriz en el pecho y en la panza por salpicarme con agua hirviendo de la pasta que estaba colando, me he cortado dedos pelando naranjas, lavando vasos de cristal y tratando de abrir una nuez, he quemado caldos, empanizado pollo podrido y tomado licuados con leche de almendras pasada sin gestos porque no tenía tiempo de hacerme otro desayuno.

Además, de mi oficio aprendí que entre más rápido coma, más tiempo queda para seguir tecleando y que en días especialmente ajetreados el trámite de comer puede combinarse con caminar al banco o con hacer el trayecto en taxi al siguiente lugar necesario.

Así que en una de las primeras terapias que tomé después de llegar a mi primera casa cuya cocina me quitaba, literalmente, el sueño en días en que no podía ni lavar los trastes, mi terapeuta me recomendó intentar conquistar la casa cuarto a cuarto.

Empezamos con la hora de lectura obligatoria al día en la sala, los baños largos del domingo con aromaterapia incluída y las noches escribiendo en mi cuarto, pero para conquistar esa cocina, para domarla, hicieron falta tres.

Dos mas una inútil: yo.

No se los tuve que pedir dos veces. Comenzaron trayendo, casi casualmente, un pan horneado o compartiendo algunos platillos las tardes de pandemia en el que las juntas de Zoom me quitaba las ganas de vivir. Una fabulosa limonada con yerbabuena o un agua de piña con tanto hielo y azúcar que me hacía repensar el sentido de mi vida, los tés para cualquier ocasión: para el insomnio, para el empacho, para los cólicos.

Luego aumentamos la frecuencia de las ambiciosas pastas con camarones algún miércoles en la noche, la salsa alfredo, las berenjenas en una salsa de champiñones que parecía más bien un prodigio de la naturaleza, la sabrosa salsa de los chilaquiles verdes con su crema y su queso y esas ensaladas de quinoa con berries que me hicieron tragarme mis palabras sobre los superfoods.

Esas muchas cosas pronto reemplazaron mis quesadillas de emergencia, mis pobres bisteces descongelados a las prisas con guacamole mal picado y mis tristes pastas con atún y aceite de oliva de medianoche.

¿De dónde aprendieron a cocinar así estas mujeres? ¿En qué momento del mito de la mujer moderna aprendieron a querer con comida como querían nuestras abuelas?

Poco a poco no solo conquistaron mi cocina, sino que fueron unos pasos, muchos pasos adelante y me llevaron arrastrando con ellas. Perdimos el control.

Primero nos hicimos expertas en el desayuno, después de pasar muchas noches borracheras que nos levantaban en la misma cama o de desvelarnos hablando hasta tarde. El trámite de alimentarnos se nos fue haciendo un ritual.

Comenzamos ordenando comida afuera en los días extraordinarios y luego haciendo nosotras mismas cosas sencillas como molletes, quesadillas, sándwiches y bowls de yogurt. Pero pronto se hicieron tan ambiciosos que comenzamos a invitar a más personas a contemplar la proeza. Reinábamos allí en nuestro desayuno yendo y viniendo, trayendo platos para todxs, jugo para todxs, pan para todxs, postre y digestivos. Huevos hechos en el horno, pan francés con todas las frutas posibles, ensaladas de frutas, pico de gallo, “toasts”, como les llaman los ricos, de jamón serrano, aguacate y queso manchego, avena preparada de formas insospechadas.

Y luego fuimos más allá. Abarcamos más horas en la comida y las cenas.

Incluso yo, yo que odio la cocina, yo que nunca quería pasar más de diez minutos intentando una receta tuve mis días lúcidos.

Cociné para todas ramen, pastas con espárragos y parmesanos especiales, bruschetas sencillas, encontré el balance perfecto de ajo y albhaca para el pesto casero y me hice una modesta maestría en el volteado de tortilla de patatas.

Pedíamos también pizza, las alitas caseras de la Mezquitán, las papas a la francesa.

Cada comida juntas, por pequeña que fuera, parecía una ceremonia en el que nos fuimos haciendo más y más diestras: compramos pan de masa madre, cacao natural, hacíamos café de olla cada lunes, pasteles y panes de plátano horneados especialmente para la ocasión. Ceviches y muchas distintas ideas veganas complicadas.

Pan dulce y chocolate cuando hacía frío, pan de muerto, rosca de reyes.

Comenzamos a hacer del comedor, el comedor de mi casa que adoptamos las tres, un espacio solo nuestro, donde iban pasando nuestros libros, nuestros días de trabajo, nuestros juegos de mesa, nuestros días de pintura, era la sala de maquillaje antes de las largas noches afuera y el centro de las fiestas de navidad, cumpleaños, aniversarios y otras festividades que también tuvieron lugar en esa mesa de madera que, sin saberlo, me mandé a hacer para la ocasión en una carpintería del Sauz en cuanto di el depósito para ese primer depita.

Era tan extraño que esa mesa estuviera sola que cuando lo estaba le pasaba con cuidado un trapo húmedo y compraba flores en el mercado que pronto serían reemplazados con nuestras manos alcanzándonos la una a la otra.

Conquistamos también los restaurantes. Era tan apremiante estar juntas que a veces nos tomábamos toda la mañana y aplazábamos los pendientes lo más que podíamos para tomar chais sucios, compartir tortas, croissants, jugos, mimosas, chilaquiles, ensaladas, helado con plátano macho, cocacola con helado de vainilla, pescado zarandeado, aguachile en la playa y varias muchas formas del alcohol que no podría enumerar ahora.

Buscábamos en Instagram lugares nuevos para ir, lugares a los que yo nunca me hubiera atrevido a ir sola, temerosa de experimentar racismo o malos tratos de los meseros. Pero cuando estábamos juntas nada me asustaba, porque no había espacio para pensar en el resto del mundo: nuestro mundo, el mundo de las tres y su lenguaje llenaba todo el aire, nuestras risas ahogadas, nuestro murmurar del chisme, nuestros manoteos cuando una anécdota o historia de la infancia era larga.

Una madrugada me rompieron el corazón y el rompedor de corazones se quedó en mi cama mientras a mí ellas me sacaron de allí para llevarme a desayunar.

En esas muchas sobremesas fueron mi casa, en ellas también nos confesamos. Nos dijimos cosas que dolían. Decidimos cuando había llegado el final de alguno de nuestros proyectos. Nos dimos noticias como que nos íbamos y nos hicimos fuertes. Prometimos, sin decirlo, que nada cambiaría, creímos firmemente y con la mano en el pecho que esto era para siempre.

Así que sí, conquistamos las mesas, todas las mesas. Conquistamos mi cocina y las otras dos. Conquistamos la ciudad:ningún plan era demasiado plan para nosotras, cuando estábamos juntas me parecía invencible.

Fue un año abuntante, a manos llenas. No escatimamos absolutamente nada.

Luego, un día, tras una serie de banquetes cancelados, malentendidos y un oscuro e inexplicable silencio la ciudad se calló de pronto. La algarabía de nuestras fantásticas cenas se fue haciendo un murmullo que cascabelea a veces todavía en algunos atardeceres.

Se fueron, nos fuimos.

Éramos tres y ya nomás queda una.

Ahora sobre todo como sola en fondas de comida corrida, mirando el fútbol o leyendo un libro o haciendo como que escribo notas porque Dios no quiera que sin querer haga contacto visual con otros comensales que hagan patente mi soledad crónica.

Luego camino y huelo el aire que avisa de la lluvia y a veces, cuando nadie me ve, hago como que voy a la casa en la que vivimos juntas, donde bailamos y cantamos el karaoke hasta las cinco de la mañana. En la casa que no era solo mía, sino nuestra.

Algo extraño, parecido a la acidez, me duele entonces.

Y otras veces, cuando estoy de humor, tomo el atrevido impulso de cocinar yo y hago tortilla o los chilaquiles o el pan de plátano y hago como si esta noche fuera a recibir a las únicas dos invitadas que se han quedado para siempre conmigo.

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Escribo. Soy periodista, feminista y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl

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Alejandra Carrillo

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Escribo. Soy periodista, feminista y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl

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