Sin Tinder en La Occidental

UNO

Sabes que una cita va irremediablemente al desastre cuando las últimas dos horas van y vienen entre actualizar tu feed en Twitter y encender cigarros mientras el tarro de cerveza, que esperas sea el último, se acaba muy lentamente. Por alguna razón siempre esperas que mejore. Cada hora esperas, pero no.

Estaba cansada de fingir la sonrisa, había tenido un día terrible. Y estaba cansada de reirme de chistes estúpidos, homofóbicos y machistas y de escuchar historias interminables sobre perros y cómo limpiarlos y cómo buscarles un nuevo hogar. Estaba cansada de explicarle otra vez al tipo frente a mí, lentes de armazón de moda y gorra, puras obviedades.

Estaba cansada de luchar contra la soledad que había imaginado insoportable después de una complicadísima ruptura. Y ni siquiera la posibilidad de tener un sexo más o menos mediocre me contentaba.

En el Uber que pedí ninguno de los dos habló. Íbamos mirando la ventanilla cada uno pensando en sus cosas. Me pregunto si él también pensó que todo esto había sido un desperdicio. Llegué a casa y evité los besos que intentó darme — me sorprendieron, estaba casi segura de que había tenido una mala noche como la que tuve yo—, me puse la pijama, me metí en la cama y eliminé de mi teléfono la app Tinder.

Con J. pasó que la primera cita fue super explosiva. Sentí que tuvimos química de inmediato, aún si somos tan diferentes y pensamos cosas radicalmente opuestas sobre temas importantes. Aquella vez llegué a casa a las cinco de la mañana, recuerdo, con una sonrisa en el rostro. Habíamos estado en una cantina platicando de nuestras infancias y luego en una fiesta de azotea sintiendo el aire fresquito de la madrugada y la lluvia. Terminamos fajando en su coche.

En el camino de la desastroza segunda cita, me pregunté si esa primera vez no lo vi con claridad o si yo misma había cambiado. ¿Qué hizo que esta vez no me dieran ganas de esforzarme para reirme de sus chistes?

DOS

Me hice un perfil en Tinder a los tres meses de estar soltera. No quería pasar por el proceso de comenzar a salir con gente que conozco y que, invariablemente, me preguntaría por mi ruptura. Lo imaginé penoso. Pero tampoco quería estar sola, tenía muchas ganas de sentirme deseada, atractiva. Con las posibilidades de atraer a un “buen partido”.

Antes de cerrarlo, había llegado al match número 133 y, después de que dejara de darme miedo morir en las manos de un feminicida o de caer con un tratante de blancas con perfil falso, salí con diez. Solo a tres vi más de una vez, pero terminé por dejar de contestar los mensajes de todos.

En una de esas citas conocí también a A. un chico extranjero que trabaja para una empresa de telefonía. Fuimos a Starbucks y ahí me preguntó sobre mis intereses. Dije que no buscaba nada en específico, pero cuando presionó más, realmente no supe qué contestar. Creo que nada, me sorprendí pensando. “Supongo que con mayor certeza sé lo que no quiero”, dije.

Como todos los vatos que conocí en Tinder, en cuanto dije que no quería conocer a un hombre machista, se quedó mirando su bebida como si se le hubiera perdido ahí una joya preciosa.

Excepto E. Creo que lo único bueno de Tinder fue E., me gustaba escuchar música en su casa y casi siempre encontré en él ideas que me hacían reverb, fuimos al museo y por cervezas y durante semanas sentí las estúpidas mariposas en el estómago cuando nos veíamos. Pero él también se marchó.

TRES

P. me contó que gracias a Tinder conoció varias ciudades de la república y viajó en avión por primera vez. Conozco a varias parejas estables que se conocieron en Tinder. Mi amiga K. me contó que después de rechazar a un vato que quería salir con ella, él la llamó puta, le preguntó que para qué descargaba aplicaciones así si no iba aceptar invitaciones y que la iba a “quemar” en Facebook.

N. fue un lindo, me ofreció té chai y me llevó a su casa: prometió darme un masaje profesional que aprendió en su último viaje a un país oriental y durante el tiempo que tardó en salir del cuarto para buscar su “aceite especial”, imaginé mil escenas en las que entraba con un arma o con otros dos tipos a acabar por siempre con mi vida y destruir mi cuerpo. Lo cual, gracias a mi suerte, no me ocurrió. Pero sí le ha ocurrido a otras.

Durante estas citas entendí muchas cosas, como a compartir en tiempo real mi ubicación exacta. Y ya no tengo ganas. No quiero que me evalúen, ni evaluar a la gente. Y tampoco quiero hacer todo este ritual de hacerse el misterioso y de soportar cosas para que el otro piense que todo me agrada.

Algunas veces el asunto central fue más rápido que otras

Durante muchas semanas me sentí avergonzada de tener Tinder.

Entendí lo que significa sentirte solo en una ciudad como esta. Lo terrible que es. El miedo que da ver a las parejas perfectas de Guadalajara en el Instagram. Sus viajes y lunas de miel. Su vida social inagotable. Sus hijos y sus perrhijos. Dicen que hay algo hermoso en compartir toda tu vida con una persona y durante el duelo que implica la separación hay algo terrible en no poder hacerlo.

¿Qué hay de malo con estar solo? ¿qué hay de malo con no querer estarlo? ¿hay un periodo de tiempo establecido para poder tener ganas de conocer a otras personas?

CUATRO

La conversación es casi siempre la misma. Holas. Cuántos años tienes. A qué te dedicas. Wow qué interesante. Después de eso las variables son pocas. ¿Qué buscas? ¿sexo casual? ¿marido? ¿amigos con derechos? ¿lo que sea?. Una vez después de dos días de mensajes un estudiante de gastronomía me dijo que yo era “exactamente la chica que tanto estaba buscando”. Cuatro se enojaron porque no mando nudes.

Ya en las citas que se concretan hay, según yo, dos tipos de personas, las que van directo al sexo, algo que con el tiempo aprendí que no tiene nada de malo — aunque siempre hay fuckboys — , y las que quieren hablar, que son imparables, quieren mostrar todo lo que saben, cómo es su vida, cómo se han transformado a sí mismos y usualmente hay un pobre ex o un malvado ex detrás.

Yo fui una de las anteriores, y hoy también me avergüenza un poco haberlo sido: haber querido mostrar solo una parte de mí para gustarle a un desconocido cuando sé que soy un fracaso. Cuando sé que probablemente nunca seré “exactamente la chica que tanto estaba buscando” de nadie.

Poco a poco entiendo por qué me avergonzó que otros supieran que usaba Tinder, algo para “desesperados” me dijo un primo. Mi ex novio pronto se enteró de que abrí un perfil: “Claro”, me escribió, “si te urgía dejarme para empezar a coger a diestra y siniestra”.

Hay una especie de superioridad moral en no tenerle miedo a la soledad. Los que buscan parejas desesperados, los que se aferran a sus parejas esporádicas como a la última tabla en el océano, nos parecen débiles. Pero cuando estamos suficiente tiempo solos nos preguntamos de manera natural qué hay de malo con nosotros. O al menos yo lo hago, aunque con menos frecuencia que antes.

CINCO

En esta última cita llegué una hora antes a La Occidental. Salí del trabajo y quería con urgencia tomarme una cerveza y un tequila. Ahí noté que no tenía ganas de ver a nadie, pero no supe cómo cancelar. Me sentía bien en la barra, viendo el ir y venir de la gente, escuchando los corridos, siguiendo las faenas de los empleados del bar, compartiendo con amigos en Instagram. Descansando. Fue la única parte de la noche en que me sentí cómoda conmigo misma. No quería compartir eso con J. pero no sabía por qué.

Hoy tengo una idea más clara y escribo esto otro día desde la misma barra del bar. Sigo sin ganas de hablar con nadie.

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Escribo. Soy periodista, feminista, millenial y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl

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Alejandra Carrillo

Alejandra Carrillo

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