¿Por qué chingados NO contestas los mensajes?

Para Violeta, que me rescató.

Hice una encuesta en Twitter hace unas semanas, cuando comencé a salir con el que durante años había compartido, junto con otras personas por supuesto, el honorario título de El que me gusta.

La encuesta preguntaba algo simple: ¿Alguna vez han NO-CONTESTADO un mensaje de una persona con la que están saliendo-quedando, a propósito?

Las respuestas fueron variadas, pero muchxs dijeron que lo han hecho. Hubo quienes me contaron de experiencias con la ansiedad que les hace difícil mantener una conversación. Pero yo me refería a otra cosa.

En medio de una pandemia la comunicación virtual es una forma de mantener la sensación de conexión que el encuentro físico y las idas al cine, al cafecito o a caminar al parque, nos daban.

Después de todo es una extensión de la presencia, una herramienta para profundizar el contacto, de hacerle saber al otro que te interesa, que estás ahí.

¿Es mucho pedir mantener la conversación? ¿O interrumpirla cuando es necesario diciendo la verdad?

Hasta hace dos semanas yo pensaba que sí.

Esas personas que no contestan y que imposibilitan el desarrollo de una conversación, aunque sea cortés, quizá no se dan cuenta del alcance de esa acción (o no-acción) aparentemente nimia, excusable.

Yo les cuento.

2.

Yo confieso, con la mano en el pecho: soy insegura.

Pienso que no lo suficientemente insegura o no peligrosamente insegura. Soy una insegura criada para el autoestima alta. Mi terapeuta, Violeta, y yo descubrimos recientemente lo anterior: mi mamá cree haber criado una niña que, según sus descripciones, no tiene miedo de pararse en medio del público a leer un poema o hacer la proeza de bailar torpemente en un escenario o ponerse la ropa más llamativa y estrafalaria de su armario de camino a casa de los abuelos un domingo por la mañana.

En realidad soy más bien tímida y pensar en todo el ridículo que hice, hago o soy capaz de hacer es el proyecto favorito de mi insomnio. Me cuesta un esfuerzo gigante conocer a alguien, mantener la compostura, no decir estupideces.

Esto se agudizó, por supuesto, en el mundo del dating.

Lo nombro ahora porque es verdad que en todo esto que les voy a contar, la inseguridad tuvo un papel importante.

Ok. Le llamaremos C.

C. y yo estuvimos en la prepa al mismo tiempo, en dos escuelas distintas separadas por uno cuantos metros de distancia. He olvidado los detalles precisos, pero un día tuvimos una cita preciosa donde platicamos de tonterías y de profundidades, compramos paletas y nos sentamos en la Rotonda. Me dibujó un caballo, reímos al respecto y creo que nos dimos un beso.

Luego nada. No volvimos a hablar ni a salir nunca. Le perdí la pista y nos reencontramos después, en la Universidad, sin hablarnos. Creo que cruzamos un par de palabras cuando mucho. No discutimos lo sucedido y por supuesto nunca lo volvimos a intentar.

Hasta hace un par de meses el año pasado, seis o siete años después de la primera cita. Intercambiamos algunos tweets y nos comentamos un par de historias en Instagram. Después de unos mensajes volvimos a hablar, tuvimos un par de citas y re conectamos.

O eso creí.

Todo corrió con normalidad. Hablábamos muchísimo y sí, sé que es apenas normal que la intensidad baje y de desvanezca poco después de los primeros días en los que la química del cerebro nos deja caer en la fuente artificial de lo que parece correcto, apropiado, ideal, justo a tiempo. Precioso. Etcétera.

Pero quiero decir que le mandé fotografías de mis atardeceres y escuché los discos que me decía. Pensé que todo seguiría su curso natural, que esta vez empujaríamos para que ocurriera y recordaríamos con cariño la primera cita, aquella, la de los días de prepa. Fingiríamos que ese había sido el verdadero origen de todo.

De pronto comenzó a parecer complicado, quiero decir, un verdadero problema, un esfuerzo enorme, que contestara un mensaje.

Al principio no me importó demasiado porque honestamente estaba preocupada con mis propios problemas y tampoco es que quisiera de esta relación algo tradicional.

Luego comencé a jugar competencias en mi cabeza. Fue una cuestión de orgullo, no escribirle hasta que él lo hiciera, dejar por ahí tweets o historias de los que pudiera agarrarse en caso de que le costara trabajo iniciar la conversación.

Es decir, me preocupé de todo para que él no tuviera que hacer prácticamente nada.

En los tres meses que estuvimos juntos, me escribió primero dos veces.

La dinámica en la que esperaba, por orgullo, que lo hiciera y luego el abandono de la esperanza, ceder y comenzar la conversación yo misma ocurrió muchas veces, pero sus respuestas, cuando llegaban lograban tranquilizarme.

A estas alturas pensarán que el orgullo de no decir que algo me molestaba y esperar que él lo adivinara fue mi error. Pues se equivocan.

Dos veces tuvimos la incómoda conversación en la que yo le dije de manera clara y transparente que mantener una conversación en WhatsApp, ya que nos podíamos ver poco por la pandemia, y sobre todo que no dejara nuestras conversaciones tiradas, sin responder de la nada, era importante para mí. Que la decencia mínima de despedirse, de saludarme, de estar en contacto, eran parte de la relación que yo quería tener con él.

No voy a mencionar aquí los otros acuerdos de la relación a los que accedimos, porque creo que incluso si hubiéramos sido amigos o compañeros en un proyecto, esto habría sido importante.

Después de varias discusiones, incluso un tentativo rompimiento, su compromiso de atención al respecto, sus disculpas y una serie de explicaciones sobre su desconexión intermitente, me hicieron sentir como si esto fuera mucho pedir. Como si estuviera tomándome derechos que no me correspondían, como si estuviera pidiendo demasiado muy pronto en la relación. Debí entrecomillar esta última palabra, porque ahora veo que nunca hubo tal cosa.

Un día, en medio de una conversación, dejó de responderme. Esta vez para siempre. No volví a saber nada, aunque seguía activo en sus redes sociales, nunca más me dirigió la palabra. Hasta la fecha no tengo razón de él.

Fue como si me estuviera castigando, como si hubiera pasado algo imperdonable, algo que él no hubiera podido soportar un segundo más.

Durante días enteros repasé nuestra conversación entera, buscando si había dicho algo malo, si había escrito algo que hubiera podido malinterpretarse, si lo había abrumado, si había dejado de ver un lado de mí que hubiera podido repeler a cualquiera.

Sin una explicación, sin una despedida. Como si no hubiera dormido en mi cama acariciándome el cabello, como si nada, dejó en mis hombros el peso de entender este final.

En el vacío de la soledad, de haberle dado tantas vueltas, obsesivamente, minuciosamente, me miré al espejo sombría y me di risa. Sacudí la cabeza y me lavé de las manos del sentimiento absurdo y salí, preocupada, de la espiral.

Ahora me acuerdo por qué no pasó en la prepa. De pronto recordé lo que ocurrió esa primera cita. No volvió a escribirme nunca más, como ahora.

De navidad me regalé cerrar yo misma ese episodio extraño y le escribí un último mensaje en el que me despedí y le dije que lo lamentaba mucho, porque había pensado que esta vez sería distinto.

Debí haber escrito otra cosa. Debí decirle que esa luz de gas de bajo perfil es violenta y, sobre todo, innecesaria. Que está bien si no quiere estar conmigo, si decidió que no quería que pasara. Que lo entendía, incluso lo perdonaba. Que ni siquiera era la gran cosa.

O simplemente debí escribir que se fuera a la chingada y ya, todo bien.

Pero le debía a Violeta no preguntarme un segundo más sobre las razones que tienen otros para no estar conmigo. Sobre todos los otros que se van así.

Me puse mi mejor vestido y cené con mis vecinos algo modesto y pequeño. Me serví una copa de vino y escribí mis poemas.

Tuve una navidad estupenda.

3.

En año nuevo me regalé hablarle al que me gusta. Quedamos y tuvimos una cita estupenda que culminó en la pregunta clásica de si nos volveríamos a ver. Para mi emoción contenidísima, por supuesto, dijo que sí.

Pero me di cuenta de que después de mi breve desencuentro con C.algo en mí estaba roto. No yo. No solo yo al menos. Había una semilla de incertidumbre, la inseguridad se había hecho más grande porque alguien era capaz de abandonarme así, sin decir nada.

El que me gusta es una persona más bien tímida fuera del clóset de la timidez: él es tímido abiertamente y en general callado. Tiene el hábito de no revisar el teléfono periódicamente y de esperar el momento adecuado para contestar aunque ese momento no llegaba en dos o tres días.

Cada que algo así pasaba volvía a recorrer mi cuerpo en el espejo, pensando que había algo monstruoso en mí, algo que repelía el interés consecutivo de mis posibles parejas.

No había experimentado eso de manera tan aguda y angustiante en toda mi vida. Es algo físico. Sudor en las manos, el corazón bombeando particularmente duro, como si diera pasos por encima de la piel de mi pecho, como si mi propio corazón tuviera la fuerza de sofocarme a golpes, una desesperación tan fuerte que a veces me hacía apagar el teléfono después de minutos de ver la pantalla del chat y huir corriendo a otra habitación para meter la cabeza en un libro o en una serie.

Nunca fue tan imperioso para mí que alguien respondiera un mensaje mío. Sobre todo después de haber hecho la declaración de intereses mutuos, de tantas conversaciones que empezaba con atención y terminaban en desplantes de distancia que me hacían sentir diminuta, ridícula y patética. Quería correr, cancelarlo todo, pero también confirmar que había algo ahí, que había una razón por la que no contestaba y una esperanza de que seguía interesado en mí.

Estaba como desquiciada.

Obviamente pienso que esto sí puede ser porque yo no sea bonita, inteligente o interesante, pero en orden de acabar con esta pieza, le creeremos a El que me gusta: un gesto tan simple, que para él no es importante, a mí me estaba generando cientos de preguntas que tendrían que estar contestadas cuando una relación empieza. ¿No?

Hablando con otras amigas veo que el asunto de no contestar es una práctica muy común. Es una cosa que hacen, aparentemente, quienes no están seguros de la conexión que quieren crear con su interlocutor pero tampoco quieren cortar el vínculo posible.

Esto que se parece tanto a dejar migajas en el camino a lo largo de un bosque extraño y espeso, pero con la posibilidad de no encontrar nada al final de las migajas.

Y yo ya no quiero soñar con casas hechas de dulce, compas.

Fuera del asunto de género, que seguro juega un papel importante aquí, es una crueldad enorme no responder un mensaje en una conversación con ese tono.

No pasa nada si dices que no estás seguro, que no quieres, que no sabes que responder, take the bullet, como dicen los gringos, afronta lo que te contesten, asume el bochornoso inconveniente de decepcionar a otra persona si es necesario, pero contesta el pinche mensaje.

De San Valentín me voy a regalar una nueva regla de oro: bloquear para siempre de mi vida, y de WhatsApp a quien no pueda y sobre todo al que no quiera mantener una conversación fluida conmigo. No que mensajee conmigo todo el día o que contesta a todos mis mensajes en segundos: que simplemente sea responsable al respecto.

No, no es mucho pedir.

5.

No está bien no contestar a propósito, esa es la moraleja del cuento.

No está bien ser descortés y cruel a propósito. Es cobarde y horrible. Es violento.

Si no puedes contestar porque te da ansiedad: dilo.

Si estás viviendo eso, si te está dejando en visto constantemente, necesito recordarte que no eres tú. Que tienes derecho a esperar y pedir la relación que tú quieres, pero vas a tener que decirlo.

Also: si no contesta, vete de ahí.

Yo aprendí que no soy yo. Bueno, que no siempre soy yo, que no hay algo inherentemente malo en mí, que no hay algo monstruoso que le impide a otra persona tener el mínimo de decencia necesaria para decir la verdad.

Y ahí voy, aprendiendo también a lidiar con el rechazo, a cargar con el rechazo, pero al menos en estos dos casos, que dos personas fueran irresponsables y francamente idiotas, no es mi problema.

Si eres de esas personas que no contesta a propósito, para generar interés, misterio o expectativa, ve a tu casa y madura. Si eres de lxs que no contesta más que lo absolutamente necesario para mantener ahí a la otra persona, quiero decirte que te vayas a la chingada, pero sé que te van a mandar ahí tarde o temprano.

Y ese viaje será tan cruel como tú.

NOTA.

Comencé a escribir este texto cuando la barrera más grande que tenía con El que me gusta era la falta de comunicación, pero una noche por fin intercambiamos los mensajes necesarios para que él me dijera la verdad: palabras más palabras menos, que yo no soy lo que él está buscando.

Dolió, por supuesto, pero por lo menos hubo un sentimiento de cierre que necesitaba cuando las cosas fueron claras.

Escribo. Soy periodista, feminista, millenial y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl

Escribo. Soy periodista, feminista, millenial y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl