¿Por qué chingados NO contestas los mensajes?

Para Violeta, que me rescató.

Hice una encuesta en Twitter hace unas semanas, cuando comencé a salir con El que me gusta.

La encuesta preguntaba algo simple: ¿Alguna vez han NO-CONTESTADO un mensaje de una persona con la que están saliendo-quedando, a propósito?

Las respuestas fueron variadas, pero muchxs lo han hecho. Hubo quienes me contaron de experiencias con la ansiedad que les hace difícil mantener una conversación, aunque yo me refería a otra cosa.

En medio de una pandemia la comunicación virtual es una forma de mantener la sensación de conexión que el encuentro físico y las idas al cine, al cafecito o a caminar al parque, nos daban.

Después de todo es una extensión de la presencia, una herramienta para profundizar el contacto, de hacerle saber al otro que te interesa, que estás ahí.

¿Es mucho pedir mantener la conversación? ¿O decir la verdad?

Hasta hace dos semanas yo pensaba que sí.

2.

Ok. Le llamaremos C.

C. y yo estuvimos en la prepa al mismo tiempo. He olvidado los detalles precisos, pero un día en esos años tuvimos una cita preciosa donde platicamos de tonterías y de profundidades, compramos paletas y nos sentamos en la Rotonda. Me dibujó un caballo, reímos al respecto y creo que nos dimos un beso.

Luego nada. No volvimos a hablar ni a salir nunca. Le perdí la pista y nos reencontramos después, en la Universidad, sin hablarnos. Creo que cruzamos un par de palabras cuando mucho.

Hasta hace un par de meses, seis o siete años después de la primera cita volvimos a hablar y re conectamos.

Todo corrió con normalidad. Hablábamos muchísimo y sí, sé que es apenas normal que la intensidad baje y de desvanezca poco después de los primeros días en los que la química del cerebro nos deja caer en la fuente artificial de lo que parece correcto, apropiado, ideal, justo a tiempo. Precioso. Etcétera.

Pensé que todo seguiría su curso natural, que esta vez empujaríamos para que ocurriera y recordaríamos con cariño la primera cita, aquella, la de los días de prepa.

Pero de pronto comenzó a parecer complicado, parecía necesario un esfuerzo enorme, que contestara un mensaje.

Al principio no me importó demasiado porque honestamente estaba preocupada con mis propios problemas y tampoco es que quisiera de esta relación algo tradicional.

Luego comencé a jugar competencias en mi cabeza. Era una cuestión de orgullo no escribirle hasta que él lo hiciera, dejar por ahí tweets o historias de los que pudiera agarrarse en caso de que le costara trabajo iniciar la conversación.

Es decir, me preocupé para que él no tuviera que hacer prácticamente nada más que contestar los malditos mensajes.

La dinámica en la que esperaba, por orgullo, que lo hiciera y luego el abandono de la esperanza, ceder y comenzar la conversación yo misma ocurrió muchas veces, pero sus respuestas, cuando llegaban lograban tranquilizarme.

A estas alturas pensarán que el orgullo de no decir que algo me molestaba y esperar que él lo adivinara fue mi error.

Pues se equivocan.

Dos veces tuvimos la incómoda conversación en la que yo le dije de manera clara y transparente que mantener una conversación en WhatsApp, ya que nos podíamos ver poco por la pandemia, y sobre todo que no dejara nuestras conversaciones tiradas, sin responder de la nada, era importante para mí. Que la decencia mínima de despedirse, de saludarme, de estar en contacto, eran parte de la relación que yo quería tener con él.

No voy a mencionar aquí los otros acuerdos de la relación a los que accedimos, porque creo que incluso si hubiéramos sido amigos o compañeros en un proyecto, esto habría sido importante.

Después de varias discusiones, incluso un tentativo rompimiento, su compromiso de atención al respecto, sus disculpas y una serie de explicaciones sobre su desconexión intermitente, me hicieron sentir como si fuera mucho pedir. Como si estuviera tomándome derechos que no me correspondían, como si estuviera pidiendo demasiado muy pronto en la relación.

Un día, en medio de una conversación, dejó de responderme. Esta vez para siempre.

No volví a saber nada, aunque seguía activo en sus redes sociales, nunca más me dirigió la palabra. Hasta la fecha no tengo razón de él.

Fue como si me estuviera castigando, como si hubiera pasado algo imperdonable, algo que él no hubiera podido soportar un segundo más.

Durante días enteros repasé nuestra conversación entera, buscando si había dicho algo malo, si había escrito algo que hubiera podido malinterpretarse, si lo había abrumado, si había dejado de ver un lado de mí que hubiera podido repeler a cualquiera.

Sin una explicación, sin una despedida. Como si no hubiera dormido en mi cama acariciándome el cabello, como si nada, dejó en mis hombros el peso de entender este final.

En el vacío de la soledad, de haberle dado tantas vueltas, obsesivamente, minuciosamente, me miré al espejo sombría y me di risa. Sacudí la cabeza y me lavé de las manos del sentimiento absurdo y salí de la espiral.

Ahora me acuerdo por qué no pasó en la prepa. De pronto recordé lo que ocurrió esa primera cita. No volvió a escribirme nunca más, como ahora.

De navidad me regalé cerrar yo misma ese episodio extraño y le escribí un último mensaje en el que me despedí y le dije que lo lamentaba mucho, porque había pensado que esta vez sería distinto.

Debí haber escrito otra cosa. Debí decirle que esa luz de gas de bajo perfil es violenta y, sobre todo, innecesaria. Que está bien si no quiere estar conmigo, si decidió que no quería que pasara. Que lo entendía, incluso lo perdonaba. Que ni siquiera era la gran cosa.

O simplemente debí escribir que se fuera a la chingada y ya.

3.

En año nuevo me regalé hablarle al que me gusta. Quedamos y tuvimos una cita estupenda que culminó en la pregunta clásica de si nos volveríamos a ver. Para mi emoción contenidísima, por supuesto, dijo que sí.

Pero me di cuenta de que después de mi breve desencuentro con C. algo en mí estaba roto. Había una semilla de incertidumbre, la inseguridad se había hecho más grande porque alguien era capaz de abandonarme así, sin decir nada.

El que me gusta es una persona más bien tímida fuera del clóset de la timidez: él es tímido abiertamente y en general callado. Tiene el hábito de no revisar el teléfono periódicamente y de esperar el momento adecuado para contestar aunque ese momento no llegara en dos o tres días.

Cada que algo así pasaba volvía a recorrer mi cuerpo en el espejo, pensando que había algo monstruoso en mí, algo que repelía el interés consecutivo de mis posibles parejas.

No había experimentado eso de manera tan aguda y angustiante en toda mi vida. Es algo físico. Sudor en las manos, el corazón bombeando particularmente duro, como si diera pasos por encima de la piel de mi pecho, como si mi propio corazón tuviera la fuerza de sofocarme a golpes, una desesperación tan fuerte que a veces me hacía apagar el teléfono después de minutos de ver la pantalla del chat y huir corriendo a otra habitación para meter la cabeza en un libro o en una serie.

Nunca fue tan imperioso para mí que alguien respondiera un mensaje mío. Sobre todo después de haber hecho la declaración de intereses mutuos, de tantas conversaciones que empezaban con atención y terminaban en desplantes de distancia que me hacían sentir diminuta, ridícula y patética.

Quería cancelarlo todo, pero también confirmar que había una razón por la que no contestaba y una esperanza de que seguía interesado.

Estaba como desquiciada.

Obviamente pienso que esto sí puede ser porque yo no sea bonita, inteligente o interesante, pero en orden de acabar con esta pieza, le creeremos a El que me gusta: un gesto tan simple, que para él no es importante, a mí me estaba generando cientos de preguntas que tendrían que estar contestadas cuando una relación empieza. ¿No?

Hablando con otras amigas veo que el asunto de no contestar es una práctica muy común. Es una cosa que hacen, aparentemente, quienes no están seguros de la conexión que quieren crear con su interlocutor pero tampoco quieren cortar el vínculo posible.

Esto que se parece tanto a dejar migajas en el camino a lo largo de un bosque extraño y espeso, pero con la posibilidad de no encontrar nada al final del camino.

Y yo ya no quiero soñar con casas hechas de dulce.

Fuera del asunto de género, que seguro juega un papel importante aquí, es una crueldad enorme no responder un mensaje en una conversación con ese tono.

No pasa nada si dices que no estás seguro, que no quieres, que no sabes que responder, take the bullet, como dicen los gringos, afronta lo que te contesten, asume el bochornoso inconveniente de decepcionar a otra persona si es necesario, pero contesta el pinche mensaje.

De San Valentín me voy a regalar una nueva regla de oro: bloquear para siempre de mi vida, y de WhatsApp a quien no pueda y sobre todo al que no quiera mantener una conversación fluida conmigo.

No, no es mucho pedir.

5.

No está bien no contestar a propósito, esa es la moraleja del cuento.

No está bien ser descortés y cruel a propósito. Es cobarde y horrible. Es violento.

Si no puedes contestar porque te da ansiedad: dilo.

Si estás viviendo eso, si te está dejando en visto constantemente, necesito recordarte que no eres tú. Que tienes derecho a esperar y pedir la relación que tú quieres, pero vas a tener que decirlo.

Si no contesta, vete de ahí.

Si eres de esas personas que no contesta a propósito, para generar interés, misterio o expectativa, ve a tu casa y madura. Si eres de lxs que no contesta más que lo absolutamente necesario para mantener ahí a la otra persona, quiero decirte que te vayas a la chingada, pero sé que te van a mandar ahí tarde o temprano.

Y ese viaje será tan cruel como tú.

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Escribo. Soy periodista, feminista, millenial y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl

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Alejandra Carrillo

Alejandra Carrillo

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