Matar una mosca y otras razones para salir de la cama

Otra vez estoy cruda. Y otra vez hace calor. Otra vez estoy en pijamas sucias de sudor un día de descanso mientras todo el trabajo que falta terminar, las cargas financieras, tareas que he dejado en pendiente, los sueños, los proyectos, las expectativas que tengo de mí misma se me echan encima como a quien se le sube el muerto. Me duele la espalda porque dormí con ellas en la cama, haciéndome un espacio apenas suficiente para que cupiera mi cuerpo en una esquinita del colchón al que casi se le salen los resortes por la tela.

Una mosca entró. Hemos tenido muchas moscas en la casa estos días, pero esta es especial porque cada que intento volver a quedarme dormida se para en mi cara o en mi oído —qué desesperante manera de aturdir. Y yo manoteo en vano.

El formato para el préstamo del banco sigue en mi mesa de noche. Solo son un par de datos, llenarlo no significa que inmediatamente después vaya a tener por default la deuda durante más de un año que quitará el diez por ciento total de mi salario mensual ¿verdad? ¿y si me quedo sin trabajo? ¿y si mañana todos los periódicos dejan de circular para siempre?

Luego regreso al feed de Instagram o pongo un podcast. Respira, respira, respira. Un podcast donde todas las voces suenan tan elegantes y elocuentes que ponen mi TOC en orden.

La ropa se acumuló toda la semana en el suelo y en la silla. No he barrido en días, hay bolas de polvo y cabello que se están haciendo adultas. Todo se ha acumulado, en realidad: la lista de los libros que quería leer este año, las metas profesionales que me propuse a corto plazo, los compromisos de trabajo que hice y que se hacen añejos, los trámites que tenían que haber terminado ya. Las deudas. Los whatsapps que dejo pendientes porque no sé qué responder, porque me da miedo responder. La tristeza: había contemplado que esto duraría un año, pero no se termina.

En casa de mi mamá se acumulan además las moscas vivas y muertas porque hay muchas habitaciones con ventanas que dan a la calle donde el sol calienta los escupitajos y la basura que se pudre en la cuadra, los cuartos se sofocan de calor durante días y si se dejan abiertas, entra la lluvia que inunda la casa, moja los libros, transporta los cables, hincha los muebles. Entran las moscas, sobre todo entran las moscas.

Se supone que la casa de mis padres era de paso. También los días sin poderme hacer cargo de mí misma se acumulan. Un año es más que un paso. ¿Por qué no puedo pagar mi propia casa?

La mosca vuela aunque ya esté despierta y a veces se para en mi nariz o en mi mano mientras tecleo y la espanto y me encabrono y quiero matarla hondeando una toalla, pero se queda quieta en una pared lejos de la cama. No quiero salir, ella lo sabe. Sigo en pijama pero tampoco es que haya estado durmiendo mucho. Hoy no tengo excusas como el trabajo para no ocuparme de mí misma y me aterra.

Me duermo otro ratito y sueño que renuncio. Que me uno a una comuna hippie y descubro que puedo sobrevivir con poca comida, a lo mejor atendiendo una librería para gringos en la playa y nunca tengo que volver a trabajar sin horario seis días a la semana. No tengo que tomar camiones, ni vestirme con la dismorfia tronándome la quijada. Sueño que renuncio, que pago todas mis deudas, que nunca vuelvo a deberle a nadie, que ahorro y me compro una casa con los muebles perfectos, como foto de Pinterest. Que cumplo otra vez 23 y otra vez 23 y otra vez 23.

La mosca es enorme, puedo oírla adherirse a las paredes cuando deja de volar, la oigo crujir cuando choca con el espejo y me despierta. Me irrita su sonido. Todas las puertas y ventanas están abiertas, chingado, ¿por qué no se larga?

¿Por qué no me largo?

Mis amigos van a salir a bailar y no contesto sus mensajes, no les he dicho que siempre después de tomar me siento miserable. Quiero detenerme, pero no puedo decirlo. No quiero salir a la calle ni tener actividades. Tengo miedo del calor y de los camiones y de la cifra en mi cuenta de banco bajando lentamente pero siempre bajando. No le he dicho a mi mejor amiga que me rompió el corazón. No quiero tener que decir nada nunca más, me quiero quedar aquí para siempre y no enfrentarme con nada.

Esta vez la mosca se paró demasiado cerca de mi boca.

Me tapo con la cobija de los pies a la cabeza. Puta mosca. Putísima vida. Déjame en paz. No más advertencias del buró de crédito por SMS. No más anuncios de renta de departamentos que ni en mis más locos sueños voy a poder pagar. No más fast fashion, ni citas mediocres en Tinder, comida rápida y cervezas en promo. Quiero quedarme aquí y llorar hasta que el mundo se acabe porque no puedo con todo. Quiero tener 23 otra vez.

Quiero leer novelas y morir de hambre o de petrificación. Me rehúso a la página en blanco, a pelear por lo que nos toca, a querer.

Puedo sentir a la mosca rondando. La siento cerca de mi oído. Descubrió mi refugio. Me lleno de rabia, salto como un cazador y agarro mi revista. Salto sobre ella le aviento una sábana y la atrapo, en el suelo pisoteo con gritos y saliva, la siento crujir abajo de mis pies.

Luego lloro, con mocos y todo.

Luego abro la laptop y comienzo a escribir. Algo es algo.

Decido también que me voy a vestir, y voy a redactar correos, algunos, no todos, obviamente. Les digo a mis amigos que mejor la próxima vez. Lleno los papeles del préstamo y me preparo un licuado.

Levanto la ropa, los zapatos, la toalla en el piso.

Y la mosca sale volando por la ventana.

Escribo. Soy periodista, feminista, millenial y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl

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