Cosas que escribí antes de ir a la Fiscalía

Trigger warning: este texto habla de violencia de género en varias modalidades: violencia digital, acoso sexual y violación.

Quizá es que me estoy haciendo vieja.

La rabia se me hizo espesa y me corre más lenta en la sangre.

Nada queda de la feminista explosiva que fui hace unos años que quería ver rodar cabezas y que aprendió a ver en la acción una dosis ilimitada de esperanza.

Soy una disque feminista rendida, cansada. Que quiere renunciar.

Me pasó otra vez porque alguien le dió mi número a un pendejo que comenzó a escribirme a mi WhatsApp de la nada.

Primero dijo que no quería revelar su identidad en unos días y cuando respondí que yo no hablaba con números desconocidos, se despidió de mí.

Luego volvió. En sus mensajes me decía en una mezcla errática entre cursi, retorcida y amenazante, que sabe por dónde vivo. Que es mi vecino. Que sabe por dónde me muevo y, en fin, que sabe de mí muchas cosas.

Que quiere tomar algo conmigo, que habláramos de algo más que de periodismo,que se cumpla, dice, algo que siempre ha querido.

Me pidió que aceptara que me dejara un regalo o algo así en la puerta de mi casa.

Obviamente le dije que no.

Luego me llamó hiriente, qué absolutamente ridículo: me llamó hiriente. Por no aceptar su juego absurdo cuyas expectativas aún no entiendo (¿se supone que me iba a enamorar tanto por mensajes que terminaría yo queriéndolo a pesar de que me acosó?), por no tomar con gusto su persecución.

Lo peor de todo es que tuve miedo, con todo y a pesar de que sus señas me hacían creer que en realidad no tiene idea de mi paradero.

Pensé que si consiguió mi número tan fácilmente ¿qué tan difícil sería conseguir mi dirección?

Esa noche no dormí más que una hora. Atranqué la puerta de mi casa. Alerté a mis amigos cercanos para que estuvieran atentos y cerca de mí, preocupé a mi familia.

Puse en activo los protocolos de seguridad que conozco.

Comencé un proceso de denuncia formal. Otra vez. Por cuarta o quinta vez en mi vida.

Y aunque ya me siento tranquila sé que lo que viene apenas comienza: andar con más cuidado, mirar siempre a todos lados antes de entrar a cualquier sitio, no dejar que nadie camine detrás de mí. No andar por las banquetas. Estar alerta.

Requisar con absoluto detalle todo lo que comparto y he compartido en mis redes sociales. Culparme por no ser extra cuidadosa.

Culparme.

Repasar como desquiciada cada mensaje y la imagen que mandó a ver si logro recuperar una pista.

Repetir la historia una y otra vez.

Recibir mensajes de gente cercana donde lamentan lo que vivimos las mujeres en México, donde mandan “abracitos” y buenas vibras y se ponen a tu disposición por si necesitas algo.

Y también mensajes que me insultan o me amenazan por estar asesinando el arte del cortejo.

Encadenarme a discusiones absurdas para probar un punto.

Estoy cansada de esto. De estos días aliviándome de que un imbécil haya decidido algo tan crucial para mi seguridad y tranquilidad sin que nada le pase nunca.

De estos meses aliviándome del que intentó levantarme y cuando corrí regresó tan tranquilo a seguir pisteando en su carro.

De estos años aliviándome del que intentó violarme y recibió un mejor puesto de trabajo y del que me maltrató durante años y pudo empezar su vida de cero y del que me violó y salió de mi casa en la mañana cuando su hermano fue por él.

De que todos ellos sigan con sus vidas menos yo.

Y de haberme convencido de que la única manera de hacer las cosas medio equiparables, la única forma de justicia a la que se puede acceder esté en mis manos y requiera de mi trabajo, de mi capacidad de resilencia.

¿No es una forma más rebelde una venganza directa? ¿Una amenaza directa que equilibre mi trauma en sus cuerpo? ¿La acción directa?

¿O es una forma más rebelde seguir con mi vida como si nada hubiera pasado? ¿Ir al trabajo, al súper, a fiestas de noche, a citas a ciegas, como si nada de esto me hubiera marcado?

También estoy cansada de darle vueltas.

De pensar si este será neurodivergente, si no era su intención, si yo lo estoy haciendo más grande, si tengo que pensar en una medida alternativa de castigo para no ser punitiva y raciclacista con un pelado que no conozco.

Qué se puede hacer con el acoso.

Qué es el acoso virtual en medio de un mar de desaparecidos.

Mientras lo escribo me doy cuenta de que no quiero, no quiero pasar por el proceso otra vez. Un proceso que ya conozco casi de memoria.

No quiero tener que sacar energías que no tengo para defenderme ni para defender a otras en nombre de una causa.

No quiero dar el ejemplo. Ni hacer lo que esté en mis manos, porque ya no creo en nada.

No quiero hablarlo en terapia, ni desgastar a mis amigas con la tensión del mensaje donde les diga ya llegué.

No quiero cuidar ni que me cuiden de esto.

¿Me han enfermado el hastío y la desesperanza?

Qué importa, igual ellos ya ganaron.

A estas alturas la única reparación del daño en la que pienso es que les partan la cara a todos estos pendejos. Pero bien partida. Un susto. Un levantón de regreso. Aunque me cancelen en el twitter.

Solo quiero caminar tranquila a casa, comer helado, leer mis libros y escribir mis cosas.

Ya a estas alturas no tengo ni bocetos de respuestas.

Solo quiero que me dejen en paz.

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Escribo. Soy periodista, feminista y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl

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Alejandra Carrillo

Alejandra Carrillo

Escribo. Soy periodista, feminista y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl

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