No me tomé ni un día entero para procesar el rompimiento. En parte porque la relación de cuatro años había comenzado a agonizar un año antes, aún si a veces quiero convencerme de que no, de que, como nos contamos, en realidad todo iba bien y solo pasó que yo en un arranque de locura decidí dejarle.

Pero también porque no tengo una explicación detallada.

No voy a ahondar más al respecto porque en todo esto, después de los muchos episodios traumáticos me he prometido a mí misma que no iba a darle explicaciones a nadie que no me importe realmente o que no haya estado ahí.

Dejé solo parte de las noches para llorar el rompimiento y dejé que la paciencia y, como dicen muchos blogs de psicología, los químicos en mi cerebro comenzaran a estabilizarme de nuevo.

Concentré todas mis energías en intentar poner en maletas y, pronto luego en bolsas de plástico, todo lo que fue mío durante los años que pasaron —libros y ropa, en su mayoría—, en mover todo de vuelta a casa de mis padres y en convencerme de que todo lo estaba haciendo por mi bien. Hasta ahora ha funcionado y aunque hay días más difíciles que otros voy despacio.

El infierno está en las pequeñas cosas: Es difícil no tener un lugar donde escribir y olvido con facilidad las paradas en las que tengo que esperar el autobús al final del día. Toda mi ropa está en maletas y echo en falta todavía las cosas diarias que olvido antes de salir de casa porque no recuerdo donde las ordené en el que es mi cuarto ahora.

Aún me da miedo y rabia la soledad. Me deprime con facilidad que mis amigos estén tan acostumbrados a desplazarme de sus planes y todavía siento una necesidad rabiosa por hablar al respecto. Siento que todavía no lo he dicho todo, que aunque he soltado muchas palabras todavía estoy enojada. Con él y conmigo. Que todavía no me reconozco en el espejo y que esa que veo todavía no soy yo.

Me dicen que eso, a pesar de todo, pasará. Que voy a volver a ser yo, pero eso tampoco es cierto porque no hay un antes de esto. El antes de esta relación es imposible: no me reconocería. Era una estudiante, era mucho más joven e ingenua y sobre todo mi manera de involucrarme con los otros era menos concienzuda, y quizá por eso me pasó lo que me pasó.

O tal vez es una historia que me cuento, pero tampoco tengo prisa por descubrirlo. Tal vez lo que me encuentre, después de que todo este proceso termine, me guste. Tal vez cometa los mismos errores del pasado y tal vez nunca aprenda a estar sola y me conforme con variar a mis parejas sexuales para saciar por horas la ansiedad y la culpa. No sé a dónde voy con todo esto.

Ahora solo quiero un descanso y no puedo empezar con lo más simple como elegir qué leer o decidirme por una rutina. Con depurar y sacar de mi clóset y del piso —porque no hay ni libreros— todo lo que no necesito.

Dejó de escribirme hace como una semana y apenas me estoy acostumbrando a la tranquilidad de abrir mi bandeja de entrada y no encontrar sus cartas, sus mensajes interminables que van del odio y los celos, a la ternura más paciente, al dolor profundo, a la persecución obsesiva y paranoica. Ayer una amiga me dijo que lo vieron de mano de una chica. Y no sentí nada.

Hoy después de cuatro semanas cambié las contraseñas de mi teléfono por unas más sencillas de recordar y devolví la función de la huella digital sin miedo a que de noche alguien los intente desbloquear mientras yo duermo. También volví a la bicicleta y salí con otras personas. Escuché nuevos discos. Escuche que nuevas noches están por venir.

Y falta tanto camino por delante que tampoco me he dejado abrumar por el futuro. Creo que de hecho me voy a dar una pausa del futuro y voy a intentar nadar en el presente. Para variar.

Escribo. Soy periodista, feminista, millenial y, sobre todo, lectora. paypal.me/acarrillogl

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